
El descalabro económico mundial desencadenado en el pasado mes de octubre, además de tambalear estructuras, ha puesto de relieve la divergencia entre el capital y lo simbólico, entre la especulación financiera y las estrategias de producción simbólica.
Será inevitable el efecto de esta debacle económica en lo social y lo cultural. Las transformaciones se producirán sin poderlo evitar. Los cambios son forzados cuando las ideas que sustentaban una mentalidad anterior se hunden. La merma del potencial económico no sólo influirá en los presupuestos, sino en la orientación de la sobrevivencia: recursos y valor del trabajo se modifican hacia la subsistencia. Las posibilidades anheladas por la industria del conocimiento se van al traste. La circulación del conocimiento con su distribución extendida en diversos ámbitos sociales se desmorona. En cualquier caso, se incrementará la visión del espectáculo, el hecho de la imagen como mediadora de la realidad, sustitutiva de realidad, y que seguirá dirigida por los grandes intereses capitales de entretenimiento y medios de comunicación. La economía que el conocimiento y lo cultural expandían se hunde con la adversidad económica imperante; hasta las grandes librerías de Estados Unidos sucumben en la crisis junto a las universidades. Las prácticas visuales se irán ajustando a las nuevas condiciones, pero el crecimiento esperado en este rubro se deteriora, estimulando de nuevo el escenario para la ideología banal, puramente mercantil y de nula ética.
Como síntoma esperpéntico, Damien Hirst, quintaesencia de la cínica manipulación del valor mercantil de la obra de arte, se saltó el orden de la disposición progresiva de ofrecimiento de la obra al mercado alcanzando sin mediación de galería alguna la casa de subasta; un movimiento que impactó y destacó en la Institución-Arte, pero que tan sólo destapa los entresijos de este capitalismo cultural que una vez añoraba conformarse como un sector de innovación y desarrollo en la transformación de lo social.
“En malos tiempos, la gente necesita el arte más que nunca” dice la directora del New Museum of Contemporary Art de New York. Resistiendo toda esta superestructura cultural se difunde más la actitud de la estética relacional: promueve sensibilizar a la gente con su entorno cotidiano buscando estimular la comunicación y conexión humana, que la tecnología y el consumo anula. Las estrategias de la estética relacional, condensada por Nicolas Bourriaud, curador y crítico de arte, engloban contextos, objetos funcionales, performances, o situación donde compartir gratis lo entregado por el artista. Esto llega hoy más allá de los espacios alternativos de arte al aparecer el Museo Guggenheim presentando la obra de varios de esos artistas en la muestra actual “theanyspacewhatever” prosiguiendo la asimilación de las formas de resistencia por parte de la Institución-Arte.
Esta banalización y espectacularidad animada por la posmodernidad progresista, formalista que lidera la diseminación de lo neoconservador, tiende a establecer dominios culturales únicos y privilegiados. Los museos se obligan a menudo a la especulación artístico-financiera (y con ellos se hunden también) del corporativismo… como el reciente “Museo Nómada” mostrando “Ashes & Snow” de Gregory Colbert patrocinada por Rolex y publicitada ahora como la exposición de arte más visitada de la historia.